Imaginando el Mito: Godard según Linklater

Las personas que sepan un poco sobre la historia del arte francés en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial saben bien que, en el campo del cine, nadie lo revolucionó como Jean-Luc Godard.

Y qué sencillez, qué hermosura, ¡qué blandura! La forma en que uno se entera de cómo supuestamente sucedió todo, a través de la nueva película de Richard Linklater, Nouvelle Vague, que al contar cómo Jean-Luc Godard (Guillaume Marbeck) realizó su clásico controversial À bout de souffle (1960), nos muestra —llena de humor y de un ritmo ameno— las excéntricas e inusuales hazañas que el director empleó, con una pequeña ayuda de sus amigos del Cahiers du Cinéma (Truffaut, Chabrol y Rivette destacan), para completar su primera obra maestra de muchas.

La película está llena de figuras de la época que se volverían icónicas, como Jean Seberg (Zoey Deutch) y Jean-Paul Belmondo (Aubry Dullin) (para mi gusto, le faltó más Rohmer y más Varda). Apariciones breves pero audaces de artistas como Rossellini (el padre de la Nouvelle Vague) y Bresson («el cine francés encarnado», dice Godard) se presentan como pilares que nos regalan un poco de sabiduría sobre la situación del cine en el París de la época, y vaya que ese blanco y negro complementa el retrato sofisticado de la ciudad.

Cabe destacar que, mientras todo eso ocurría, existía también un diálogo paralelo con lo que estaba sucediendo en la literatura francesa. Figuras como Marguerite Duras, junto a autores vinculados al Nouveau Roman como Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute, Michel Butor y Claude Simon, exploraban otras formas de narrar, otras maneras de romper con lo establecido. Al mismo tiempo, Godard era un ferviente amante del cine negro hollywoodense, un cine que para muchos críticos “serios” y ciertos círculos del llamado cine de arte era visto como menor, hasta descartable.

Sin Duras, sin Resnais, sin ese cuestionamiento radical del relato, la Nouvelle Vague probablemente no habría tomado esa forma; pero sin ese amor por el cine popular, por los géneros y sus códigos, sospecho que tampoco se habría encontrado ese palpitar tan vivo en dicho cine.

Además, sin ese terreno fértil, sin ese impulso compartido, resulta difícil imaginar no solo esa ola, sino también a cineastas posteriores como Scorsese o Tarantino, o incluso miradas más contemporáneas como las de Abbas Kiarostami y Radu Jude cuyas obras parecen aún intentar dialogar, de distintas maneras, con aquella sacudida inicial de esos jóvenes franceses.

Con esta película y Blue Moon, ambas estrenadas este año, Linklater demuestra que el subgénero del biopic se puede moldear de distintas formas y aspirar a algo más artístico que a ser solo un vehículo para el Óscar a mejor actor.